
Dijo Don Justo Martínez, un cuentero de 83 años:
“Pues un día en una casa contaron un cuento, yo tenía memoria, que lo aprendía, otro día en otra casa contaron otro y lo aprendía, y así fui aprendiendo muchos. Así aprendí muchos cuentos. (…)
De Las mil y una noches, sí señor. Lo aprendí yo de Las mil y una noches, y éste me pareció guapo y traté de aprenderlo, para que se hiciera. La mayor parte (de la gente) saben, pero aunque los leyeran no se dan cuenta. Yo los leí muy detenidamente y los aprendí porque se hicieran.”
OSKAR CORREDOR
Y no pude menos que identificarme con Don Justo. Eso era lo que yo podía narrar: los cuentos que leía y que “me parecían guapos”, aquellos cuentos que a veces la gente lee, pero “no se dan cuenta”, que no han disfrutado porque en mala hora fueron convencidos de que leer era un ”trabajo” o peor aún, un “castigo”. Eran esas las historias que yo iba conociendo y quería contar “para que se hicieran” en la mente y en el goce de los eventuales oyentes.
Así inicié mi camino en la narración oral, armado con las historias de mis autores favoritos, a veces contándolos literalmente, en ocasiones realizando algunos cambios, atando una línea argumental allí, recortando una escena en otro punto, fusionando algunos personajes para que quienes me escuchaban pudieran seguir el hilo de la historia sin tropezar con él.
